Aprendiendo de Marciano

Una reflexión cada domingo.

Sobre mí

009 · Tener muchas ideas puede ser un problema

Varias bombillas encendidas y un único camino de luz como símbolo de elegir una idea entre muchas

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Una idea no demuestra su valor hasta que se enfrenta a la realidad.

A veces se me ocurren demasiadas ideas.

No sé si son buenas. Ese es precisamente el problema.

Cuando aparece una idea nueva, es fácil entusiasmarse con ella. En la cabeza todo encaja porque todavía no existen los costes, los plazos, las dificultades ni la reacción de los demás. Protegida de la realidad, casi cualquier idea puede parecer buena.

El problema es que no hay forma de saber si realmente lo es hasta que intentamos llevarla a cabo.

Recuerdo una idea que me pareció genial: crear una tarjeta de fidelización de EasyCTE. Estaba convencido de que iba a funcionar.

Contratamos a una empresa, diseñamos la tarjeta y nos entregaron cientos de ellas. Allí estábamos, en Construtec, dispuestos a fidelizar a todo el que pasara por nuestro stand.

El resultado fue cero.

Y no fue barato. Invertimos muchísimo dinero en aquella feria y no conseguimos nada.

De hecho, sigo recibiendo todos los domingos, a última hora, el dashboard de las tarjetas.

Todo a cero.

No fue la única. He perdido mucho tiempo y dinero intentando llevar a cabo algunas ideas. Unas me enseñaron cosas útiles. Otras, sencillamente, no funcionaron. El aprendizaje puede tener valor, pero eso no convierte todos los intentos en aciertos.

Lo difícil no es tener una idea, sino convertirla en algo real. Puede exigir meses o años y nos obliga a enfrentarnos a la parte menos atractiva: el trabajo duro, la disciplina y la constancia. Hay que continuar cuando desaparece la novedad, cuando surgen los problemas y cuando el resultado todavía está lejos.

Salvo que dispongamos de recursos infinitos, cada idea a la que decimos sí consume tiempo, atención, energía y dinero que ya no podremos dedicar a otra. Elegir una seguramente nos obligará a rechazar muchas.

Renunciar cuesta y siempre queda la duda de si estaremos abandonando precisamente la idea que habría funcionado. Por eso tendemos a mantenerlas abiertas; no las desarrollamos, pero tampoco las dejamos marchar.

El problema es que una idea no necesita estar en marcha para ocuparnos.

La abundancia de ideas puede acabar produciendo el efecto contrario al que promete. En lugar de abrir caminos, nos deja detenidos frente a demasiados y perdemos el foco.

Entonces aparece otra tentación: seguir pensando para evitar elegir.

Mientras una idea permanece en la cabeza conserva intactas todas sus posibilidades. Elegirla obliga a limitarla, ponerle un plazo y aceptar una versión mucho más imperfecta que la imaginada. También nos expone a descubrir que no era tan buena. Pensarla es estimulante; ejecutarla puede resultar incómodo.

Pero solo la ejecución nos enseña algo verdadero.

Elegir no consiste en adivinar con certeza cuál es la mejor idea. Esa certeza rara vez existe. Consiste en decidir cuál merece ser probada ahora, con los recursos que tenemos y desde el lugar en el que estamos. Después habrá que observar, corregir y, si es necesario, abandonarla.

Renunciar a una idea tampoco exige demostrar que era mala. No siempre es un juicio sobre su calidad; muchas veces es una decisión sobre nuestros recursos. Algunas regresarán. Otras perderán importancia en cuanto dejemos de alimentarlas. Y muchas no llegarán a hacerse nunca.

No podemos saberlo de antemano.

Ese es el precio de elegir: permitir que una posibilidad se enfrente a la realidad y aceptar que no podemos conservar intactas todas las demás.

La claridad no aparece cuando conseguimos encajarlas todas. Aparece cuando aceptamos que algunas desaparecerán.

Raúl Carmona Muñoz