Aprendiendo de Marciano

Una reflexión cada domingo.

Sobre mí

Etiqueta: prioridades

  • 015 · Rechazar lo que te gusta

    015 · Rechazar lo que te gusta

    Elegir también forma parte del trabajo.

    Durante la carrera presenté un proyecto para el que había hecho varias maquetas. Para documentarlas, hice 24 fotografías: un carrete entero.

    En aquella época había que llevarlo a revelar, esperar y volver después a recoger las copias en papel. Yo acudí a uno de aquellos establecimientos de fotografía regentados por chinos que había en Moncloa. Todo aquello costaba tiempo y dinero.

    Las fotografías me gustaban, así que decidí pegarlas prácticamente todas. Solo descarté algunas que no habían quedado bien.

    Cuando mi profesor de Proyectos vio el trabajo, me dijo:

    • Has puesto demasiadas fotos.
    • Ya, pero es que tenía tantas que no sabía cuál elegir. Me gustan todas.
    • Precisamente. Una de las cosas más importantes del trabajo de un arquitecto es elegir.

    Su respuesta se me quedó grabada.

    Yo no veía el problema. Si las fotografías me gustaban y, además, me habían costado tiempo y dinero, ¿por qué iba a prescindir de ellas? Pensaba que lo lógico era aprovecharlas.

    Pero mi profesor no estaba valorando cada fotografía por separado. Me estaba señalando algo bastante más incómodo: que me gustaran no era una razón suficiente para incluirlas todas.

    Disponer de muchas opciones no significa que tengamos que utilizarlas todas.

    Elegir obliga a establecer prioridades, a decidir qué aporta algo, qué repite lo que ya hemos contado y qué puede distraer de lo verdaderamente importante. También obliga a renunciar a opciones que pueden gustarnos, pero que no caben todas.

    Y renunciar cuesta.

    Cuando algo nos ha exigido esfuerzo, todavía resulta más difícil dejarlo fuera. Cada fotografía, cada plano, cada página o cada idea parece merecer su sitio. Sin embargo, mostrarlo todo no siempre mejora el resultado. A veces ocurre precisamente lo contrario: lo importante termina perdido entre todo lo demás.

    La conocida frase de Mies van der Rohe, «menos es más», lo resume muy bien. Pero conseguir ese «menos» no supone necesariamente trabajar menos. De hecho, exige un esfuerzo adicional: comparar, descartar y decidir entre varias posibilidades que podrían ser igualmente válidas.

    Aquella conversación hablaba de arquitectura, pero la lección iba mucho más allá.

    La vida es una sucesión constante de decisiones. Elegimos un camino y dejamos otro. Dedicamos tiempo a una cosa y renunciamos a emplearlo en otra. Incluso cuando todas las opciones nos gustan, llega un momento en el que tenemos que decidir.

    No podemos conservarlas todas.

    Yo había hecho muchas fotografías y me gustaban casi todas.

    El profesor no me pidió que hiciera más.

    Me pidió algo más difícil: que eligiera.

    Y elegir significaba rechazar parte de lo que me gustaba.

    Raúl Carmona Muñoz

  • 010 · ¿Qué quiero ser de mayor?

    010 · ¿Qué quiero ser de mayor?

    Si no decidimos qué queremos construir, el día a día terminará decidiendo por nosotros.

    Durante muchos años no paraba.

    Correos, llamadas, dudas, documentos que revisar, proyectos que desarrollar, visitas de obra… Una cosa se mezclaba con la siguiente y cada jornada acababa convirtiéndose en una sucesión intensa de asuntos que resolver.

    Al terminar el día estaba agotado. Había hecho muchas cosas, pero, a veces, tenía la extraña sensación de no haber hecho nada.

    Naturalmente, no era cierto. Había trabajado muchísimo y casi todo lo que había hecho era necesario. Los proyectos tenían que salir, los clientes necesitaban respuestas y los problemas no podían quedarse sin resolver.

    La sensación procedía de otro lugar.

    Yo trabajaba permanentemente en el día a día. Respondía a lo que iba apareciendo, pero no tenía un foco claro más allá de sacar el trabajo adelante. No me detenía a pensar hacia dónde quería ir porque toda mi atención estaba puesta en resolver lo que tenía delante. Tampoco era consciente de que me faltara algo, y lo que me faltaba era una pregunta.

    ¿Qué quiero ser de mayor?

    Si uno no sabe qué quiere construir, es muy difícil que pueda reservar tiempo para hacerlo. Puede trabajar muchísimo, resolver todos los problemas que van apareciendo y, aun así, dejar que el día a día decida su camino.

    A raíz de la crisis inmobiliaria nació EasyCTE y empezó a cambiar mi forma de entender la actividad profesional. Poco a poco, mi manera de pensar fue acercándose más a la de un empresario.

    Comprendí que no bastaba con hacer bien el trabajo. También había que decidir qué quería construir alrededor de él.

    Con los años he aprendido a distinguir dos tipos de tareas.

    Por un lado están las tareas operativas. Son las que mantienen la maquinaria en funcionamiento: atender a los clientes, revisar proyectos, coordinar al equipo, resolver problemas o cumplir los plazos.

    Son fundamentales.

    Muchas veces también son urgentes, porque afectan a otras personas y tienen consecuencias inmediatas. Ninguna actividad profesional puede sostenerse sin ellas. No son tareas menores ni una distracción que debamos evitar. Gracias a ellas, el presente funciona y se cimienta el futuro.

    Pero existe otro tipo de trabajo.

    Es el que nos permite pensar en la consolidación de nuestra actividad profesional, en la dirección que queremos darle y en aquello que deseamos construir para el futuro. Consiste en observar, reflexionar, tomar decisiones y dedicar tiempo a cuestiones cuyos resultados quizá no se vean hasta dentro de meses o años.

    Estas tareas rara vez llegan acompañadas de una urgencia. Nadie suele llamarnos para recordarnos que debemos pensar. Tampoco aparece un correo exigiéndonos que reservemos dos horas para preguntarnos hacia dónde vamos.

    Por eso es tan fácil aplazarlas.

    Las tareas operativas encuentran solas un lugar en la agenda. Las estratégicas necesitan que se lo reservemos.

    Un día intenté explicárselo a un cliente con el que ya tenía cierta amistad.

    —Mi problema es que me estoy comiendo un solomillo y no lo estoy disfrutando. Estoy pensando en el solomillo que me comeré la próxima vez.

    Él me respondió:

    —Claro. Es que así es la mente de un empresario.

    No sé si aquello era una virtud o un defecto. Probablemente tuviera algo de las dos cosas. Pensar siempre en el siguiente solomillo puede impedirnos disfrutar del que tenemos delante, pero también nos obliga a levantar la vista y preguntarnos qué vendrá después.

    Él hablaba de la mente de un empresario, pero esa tensión no pertenece solo a quienes dirigen una empresa. Cualquier profesional necesita atender el presente sin dejar de construir su futuro.

    En realidad, ni siquiera se limita al trabajo.

    La vida cotidiana también se llena sola de obligaciones, compromisos y asuntos que resolver. Todos son necesarios, pero pueden ocupar cada día sin dejarnos espacio para preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida. Si no reservamos ese espacio, el día a día termina respondiendo por nosotros.

    Necesitamos estar en el presente y en el futuro al mismo tiempo.

    Tenemos que resolver lo que ocurre hoy, pero también dedicar una parte de nuestro tiempo a aquello que necesitaremos mañana. El problema aparece cuando lo urgente ocupa todo el espacio y no deja tiempo para nada más.

    Ahora intento organizar mi agenda teniendo en cuenta esas dos dimensiones.

    Hay momentos para atender la parte operativa y otros que reservo para pensar, escribir, ordenar ideas o tomar decisiones. No siempre consigo mantener esa separación, porque el día a día tiene una capacidad extraordinaria para invadirlo todo. Pero, al menos, ahora soy consciente de ella.

    Muchas veces, el mejor momento para ese trabajo es cuando estoy solo en la oficina y no suena el teléfono.

    Como ahora.

    Es domingo por la mañana y estoy dando forma a esta reflexión.

    No estoy contestando un correo, resolviendo una incidencia ni revisando un proyecto. No hay ninguna urgencia inmediata y probablemente nadie note mañana el resultado de estas horas.

    Sin embargo, también estoy trabajando.

    Antes ni siquiera me preguntaba hacia dónde avanzaba. Ahora intento atender lo que mantiene en marcha el presente sin permitir que el presente decida por completo hacia dónde quiero ir.

    ¡Feliz domingo!

    Raúl Carmona Muñoz

  • 009 · Tener muchas ideas puede ser un problema

    009 · Tener muchas ideas puede ser un problema

    Una idea no demuestra su valor hasta que se enfrenta a la realidad.

    A veces se me ocurren demasiadas ideas.

    No sé si son buenas. Ese es precisamente el problema.

    Cuando aparece una idea nueva, es fácil entusiasmarse con ella. En la cabeza todo encaja porque todavía no existen los costes, los plazos, las dificultades ni la reacción de los demás. Protegida de la realidad, casi cualquier idea puede parecer buena.

    El problema es que no hay forma de saber si realmente lo es hasta que intentamos llevarla a cabo.

    Recuerdo una idea que me pareció genial: crear una tarjeta de fidelización de EasyCTE. Estaba convencido de que iba a funcionar.

    Contratamos a una empresa, diseñamos la tarjeta y nos entregaron cientos de ellas. Allí estábamos, en Construtec, dispuestos a fidelizar a todo el que pasara por nuestro stand.

    El resultado fue cero.

    Y no fue barato. Invertimos muchísimo dinero en aquella feria y no conseguimos nada.

    De hecho, sigo recibiendo todos los domingos, a última hora, el dashboard de las tarjetas.

    Todo a cero.

    No fue la única. He perdido mucho tiempo y dinero intentando llevar a cabo algunas ideas. Unas me enseñaron cosas útiles. Otras, sencillamente, no funcionaron. El aprendizaje puede tener valor, pero eso no convierte todos los intentos en aciertos.

    Lo difícil no es tener una idea, sino convertirla en algo real. Puede exigir meses o años y nos obliga a enfrentarnos a la parte menos atractiva: el trabajo duro, la disciplina y la constancia. Hay que continuar cuando desaparece la novedad, cuando surgen los problemas y cuando el resultado todavía está lejos.

    Salvo que dispongamos de recursos infinitos, cada idea a la que decimos sí consume tiempo, atención, energía y dinero que ya no podremos dedicar a otra. Elegir una seguramente nos obligará a rechazar muchas.

    Renunciar cuesta y siempre queda la duda de si estaremos abandonando precisamente la idea que habría funcionado. Por eso tendemos a mantenerlas abiertas; no las desarrollamos, pero tampoco las dejamos marchar.

    El problema es que una idea no necesita estar en marcha para ocuparnos.

    La abundancia de ideas puede acabar produciendo el efecto contrario al que promete. En lugar de abrir caminos, nos deja detenidos frente a demasiados y perdemos el foco.

    Entonces aparece otra tentación: seguir pensando para evitar elegir.

    Mientras una idea permanece en la cabeza conserva intactas todas sus posibilidades. Elegirla obliga a limitarla, ponerle un plazo y aceptar una versión mucho más imperfecta que la imaginada. También nos expone a descubrir que no era tan buena. Pensarla es estimulante; ejecutarla puede resultar incómodo.

    Pero solo la ejecución nos enseña algo verdadero.

    Elegir no consiste en adivinar con certeza cuál es la mejor idea. Esa certeza rara vez existe. Consiste en decidir cuál merece ser probada ahora, con los recursos que tenemos y desde el lugar en el que estamos. Después habrá que observar, corregir y, si es necesario, abandonarla.

    Renunciar a una idea tampoco exige demostrar que era mala. No siempre es un juicio sobre su calidad; muchas veces es una decisión sobre nuestros recursos. Algunas regresarán. Otras perderán importancia en cuanto dejemos de alimentarlas. Y muchas no llegarán a hacerse nunca.

    No podemos saberlo de antemano.

    Ese es el precio de elegir: permitir que una posibilidad se enfrente a la realidad y aceptar que no podemos conservar intactas todas las demás.

    La claridad no aparece cuando conseguimos encajarlas todas. Aparece cuando aceptamos que algunas desaparecerán.

    Raúl Carmona Muñoz

  • 006 · Pues no veas el fútbol

    006 · Pues no veas el fútbol

    Cada vez que elegimos algo, también estamos renunciando a otra cosa.

    Hace unos años, durante un curso de cálculo de estructuras, un alumno se acercó a hablar conmigo en un descanso.

    • Raúl, me gustaría aprender muchas más cosas, pero es que no tengo tiempo.

    No lo dijo como excusa, lo dijo con resignación. La vida no le daba para todo.

    Le pregunté:

    • ¿Te gusta el fútbol?

    Sonrió.

    • Sí, claro.
    • Pues no veas el fútbol.

    Se quedó en silencio.

    No era una crítica al fútbol. Si ver un partido le hacía feliz, era un buen uso de su tiempo. Era solo un ejemplo para señalar algo más profundo.

    Con frecuencia decimos que no tenemos tiempo para leer, aprender, hacer ejercicio, emprender o estar con la familia. Pero el tiempo no falta: ya está ocupado.

    Muchas veces, el problema no es tanto la falta de tiempo como las prioridades. Y eso cambia la perspectiva, porque deja de ser algo externo y nos devuelve la capacidad de elegir.

    Con los años he aprendido que el tiempo obliga a priorizar, y priorizar obliga a renunciar. No se puede decir sí a todo. Cada elección descarta otra.

    Son los hábitos repetidos los que terminan definiéndonos.

    No es un partido de fútbol, ni una tarde sin ejercicio, ni un libro aplazado lo que marca la diferencia, sino la repetición constante de esas decisiones hasta convertirlas en rutina.

    Tampoco se trata de vivir en productividad permanente. El descanso y el disfrute son parte esencial de una vida plena. La diferencia es ser consciente, en decidir ver un partido y disfrutarlo sin culpa, en lugar de hacerlo mientras sentimos que no llegamos a lo importante.

    A veces me pregunto si aquel alumno siguió viendo el fútbol.

    La verdad es que nunca fue importante.

    Lo importante era que, a partir de aquel día, entendiera que el problema no era el fútbol. El problema era creer que podía decir sí a todo.

    Porque eso no es posible.

    El tiempo nos obliga a priorizar.

    Y priorizar siempre implica renunciar.

    La única decisión que realmente está en nuestras manos es elegir a qué merece la pena renunciar.

    Raúl Carmona Muñoz