Elegir también forma parte del trabajo.
Durante la carrera presenté un proyecto para el que había hecho varias maquetas. Para documentarlas, hice 24 fotografías: un carrete entero.
En aquella época había que llevarlo a revelar, esperar y volver después a recoger las copias en papel. Yo acudí a uno de aquellos establecimientos de fotografía regentados por chinos que había en Moncloa. Todo aquello costaba tiempo y dinero.
Las fotografías me gustaban, así que decidí pegarlas prácticamente todas. Solo descarté algunas que no habían quedado bien.
Cuando mi profesor de Proyectos vio el trabajo, me dijo:
- Has puesto demasiadas fotos.
- Ya, pero es que tenía tantas que no sabía cuál elegir. Me gustan todas.
- Precisamente. Una de las cosas más importantes del trabajo de un arquitecto es elegir.
Su respuesta se me quedó grabada.
Yo no veía el problema. Si las fotografías me gustaban y, además, me habían costado tiempo y dinero, ¿por qué iba a prescindir de ellas? Pensaba que lo lógico era aprovecharlas.
Pero mi profesor no estaba valorando cada fotografía por separado. Me estaba señalando algo bastante más incómodo: que me gustaran no era una razón suficiente para incluirlas todas.
Disponer de muchas opciones no significa que tengamos que utilizarlas todas.
Elegir obliga a establecer prioridades, a decidir qué aporta algo, qué repite lo que ya hemos contado y qué puede distraer de lo verdaderamente importante. También obliga a renunciar a opciones que pueden gustarnos, pero que no caben todas.
Y renunciar cuesta.
Cuando algo nos ha exigido esfuerzo, todavía resulta más difícil dejarlo fuera. Cada fotografía, cada plano, cada página o cada idea parece merecer su sitio. Sin embargo, mostrarlo todo no siempre mejora el resultado. A veces ocurre precisamente lo contrario: lo importante termina perdido entre todo lo demás.
La conocida frase de Mies van der Rohe, «menos es más», lo resume muy bien. Pero conseguir ese «menos» no supone necesariamente trabajar menos. De hecho, exige un esfuerzo adicional: comparar, descartar y decidir entre varias posibilidades que podrían ser igualmente válidas.
Aquella conversación hablaba de arquitectura, pero la lección iba mucho más allá.
La vida es una sucesión constante de decisiones. Elegimos un camino y dejamos otro. Dedicamos tiempo a una cosa y renunciamos a emplearlo en otra. Incluso cuando todas las opciones nos gustan, llega un momento en el que tenemos que decidir.
No podemos conservarlas todas.
Yo había hecho muchas fotografías y me gustaban casi todas.
El profesor no me pidió que hiciera más.
Me pidió algo más difícil: que eligiera.
Y elegir significaba rechazar parte de lo que me gustaba.
Raúl Carmona Muñoz





