Aprendiendo de Marciano

Una reflexión cada domingo.

Sobre mí

Categoría: Reflexiones

  • 008 · Yo no quiero más proyectos

    008 · Yo no quiero más proyectos

    Trabajar más no siempre significa ganar más.

    Hace años, hablando con mi socio sobre el futuro de la empresa, me dijo:

    • Tenemos que conseguir más proyectos.

    Yo le respondí:

    • Yo no quiero más proyectos. Yo quiero ganar más dinero.

    Me miró con cierta extrañeza.

    • Para ganar más dinero tendremos que conseguir más proyectos.
    • Pues no.

    La conversación podía parecer absurda. Una empresa de arquitectura o ingeniería vive de sus proyectos. Si no hay encargos, no hay trabajo y, si no hay trabajo, tampoco hay ingresos. La conclusión parecía evidente: para ganar más dinero necesitábamos hacer más proyectos.

    Pero yo no estaba diciendo que no quisiera trabajar ni que pudiéramos prescindir de los encargos. Lo que cuestionaba era que la única manera de ganar más consistiera en trabajar más.

    En el mundo profesional es muy fácil perder esa perspectiva. Estamos acostumbrados a intercambiar conocimiento, responsabilidad y tiempo por unos honorarios. Terminamos un proyecto y comenzamos el siguiente. Si queremos aumentar los ingresos, buscamos otro encargo, ampliamos el equipo o alargamos la jornada.

    Nuestro razonamiento es bastante sencillo: más trabajo, más facturación y, por tanto, más dinero.

    Sin embargo, el dinero no siempre funciona así.

    Conozco personas que compran una parcela, la venden unos meses después y obtienen un beneficio importante. El trabajo directo que han realizado puede ser muy pequeño en comparación con el resultado. Han utilizado capital, información, oportunidad o riesgo. No significa que el beneficio haya sido fácil ni que no exista trabajo detrás. Significa que el dinero obtenido no depende únicamente de las horas empleadas.

    El mercado no paga solamente el esfuerzo. También paga la propiedad, la oportunidad, la capacidad de asumir riesgos, el conocimiento, los sistemas y la posibilidad de hacer que algo funcione sin que nuestra presencia sea necesaria en cada momento.

    Quienes vivimos de los proyectos tendemos a olvidar todo eso porque nuestra realidad cotidiana nos empuja en la dirección contraria.

    Un proyecto no ocupa solo las horas que dedicamos a dibujar, calcular, coordinar o reunirnos. También ocupa la cabeza. La implicación suele ser máxima. Hay decisiones que tomar, problemas que resolver, plazos que cumplir y una responsabilidad que nos acompaña incluso cuando no estamos delante del ordenador.

    Cuando termina uno, normalmente ya ha comenzado el siguiente.

    Y cuantos más proyectos tenemos, menos tiempo queda para levantar la cabeza y preguntarnos qué está ocurriendo realmente.

    Podemos estar trabajando muchísimo y no tener tiempo para pensar cómo funciona nuestro negocio, por qué ganamos lo que ganamos o si existe alguna manera de separar una parte de nuestros ingresos de nuestro esfuerzo directo. Los proyectos nos proporcionan trabajo, pero también pueden encerrarnos dentro de una forma concreta de entender el dinero.

    Pensar necesita tiempo. Y, sobre todo, necesita cierta distancia.

    Es difícil imaginar otra manera de hacer las cosas cuando toda nuestra energía está dedicada a cumplir con la manera actual. Si cada hora disponible pertenece a un proyecto, cualquier reflexión que no tenga un plazo inmediato parece secundaria. Precisamente por eso puede pasar años aplazada.

    No se trata de despreciar el trabajo. Prácticamente todo lo que he conseguido procede de trabajar mucho, asumir responsabilidades y hacer bien los proyectos. Tampoco se trata de pensar que cualquiera puede ganar dinero sin aportar nada. Se trata de comprender que esfuerzo y resultado económico no mantienen siempre una relación proporcional.

    Trabajar el doble no garantiza ganar el doble.

    En ocasiones, incluso puede alejarnos de ello, porque nos deja sin el tiempo necesario para encontrar una forma distinta de generar valor.

    Conseguir mejores proyectos sigue siendo importante. Cobrar adecuadamente, controlar los costes y elegir bien los encargos también. Pero todo eso continúa dentro del mismo modelo: realizar un proyecto a cambio de unos honorarios.

    Mi respuesta a mi socio pretendía cuestionar precisamente ese límite.

    Yo no quería dejar de trabajar.

    Quería dejar de pensar que, para ganar más, la única solución era trabajar más.

    Raúl Carmona Muñoz

  • 007 · Pero para la gente sí

    007 · Pero para la gente sí

    Lo que crees que no tiene importancia puede que para los demás sí la tenga

    Hace años me surgió la oportunidad de ir a desarrollar un proyecto de 5.000 viviendas en Guinea Ecuatorial.

    Al principio no tenía un puesto especialmente relevante, pero, después del primer mes, me nombraron director adjunto del proyecto. Llegué a tener 500 personas a mi cargo.

    Hasta entonces utilizaba un Toyota Hilux, el típico pick-up. Era un coche divertido, práctico, resistente y más que suficiente para mí. Me desplazaba continuamente de un lugar a otro y no necesitaba nada más.

    Cuando me nombraron director adjunto, el director general me dijo que ya no podía seguir utilizando aquel coche.
    – Ese no es un coche para un director, me explicó. La empresa tendrá que comprarte un Land Cruiser.
    Yo le respondí que no hacía falta. El Hilux funcionaba perfectamente y comprar otro vehículo suponía un gasto adicional que me parecía innecesario. Me negué.

    – El coche no es importante para mí.
    Pero para la gente sí.

    Aquella frase se me quedó grabada.

    Yo valoraba el coche por su utilidad. El director general, sin embargo, lo veía como una representación de la posición que acababa de asumir.

    Finalmente, me tomó la palabra y no compró el Land Cruiser.

    Se daba entonces una circunstancia curiosa. Algunas personas que ocupaban una categoría inferior a la mía, que estaban bajo mi responsabilidad y que, en algún caso, cobraban la mitad que yo, utilizaban vehículos mejores que el mío, también asignados por la empresa.

    A mí no me preocupaba. Tenía muy clara mi función, sabía lo que estaba haciendo y no necesitaba un coche para sentirme seguro de mi posición.

    Tiempo después pasé a ser director del proyecto. Entonces heredé el Land Cruiser del anterior director, un estadounidense excepcional, amigo mío, con quien tuve una convivencia magnífica y del que aprendí muchísimo. Y he de reconocer que el coche estaba muy bien.

    Siempre me han gustado los coches. No era esa la cuestión. Lo que me incomodaba era que la empresa asumiera un gasto que yo consideraba innecesario solo para reforzar mi posición. En aquel momento, esa clase de señales me parecían más postureo que otra cosa.

    Pero el director general, un guineano muy inteligente, sabía algo que yo no comprendía.

    Yo estaba juzgando el coche desde mi propia perspectiva. Sin embargo, la mayoría de los que me rodeaban no podían entrar en mi cabeza. Interpretaban mi posición a partir de lo que veían.

    Con los años he aprendido que no basta con preguntarnos qué significan las cosas para nosotros. También debemos ponernos en el lugar del otro e intentar comprender qué pueden significar para él.

    Sigo pensando que un coche no convierte a nadie en mejor profesional y que la seguridad debe proceder de lo que uno sabe, de lo que hace y de cómo responde ante sus responsabilidades. Pero ya no descarto tan rápidamente esas señales externas como simple apariencia. De hecho, cada vez cuido más lo que quiero transmitir a través de ellas y tengo muy en cuenta el contexto.

    La apariencia también comunica. No lo es todo, pero tampoco es irrelevante.

    Yo miraba el Hilux y veía un coche que funcionaba perfectamente. El director general miraba el mismo vehículo y pensaba en lo que los demás podían interpretar al verme llegar en él.

    Para mí, el coche no era importante.

    Pero para la gente sí.

    Raúl Carmona Muñoz

  • 006 · Pues no veas el fútbol

    006 · Pues no veas el fútbol

    Cada vez que elegimos algo, también estamos renunciando a otra cosa.

    Hace unos años, durante un curso de cálculo de estructuras, un alumno se acercó a hablar conmigo en un descanso.

    • Raúl, me gustaría aprender muchas más cosas, pero es que no tengo tiempo.

    No lo dijo como excusa, lo dijo con resignación. La vida no le daba para todo.

    Le pregunté:

    • ¿Te gusta el fútbol?

    Sonrió.

    • Sí, claro.
    • Pues no veas el fútbol.

    Se quedó en silencio.

    No era una crítica al fútbol. Si ver un partido le hacía feliz, era un buen uso de su tiempo. Era solo un ejemplo para señalar algo más profundo.

    Con frecuencia decimos que no tenemos tiempo para leer, aprender, hacer ejercicio, emprender o estar con la familia. Pero el tiempo no falta: ya está ocupado.

    Muchas veces, el problema no es tanto la falta de tiempo como las prioridades. Y eso cambia la perspectiva, porque deja de ser algo externo y nos devuelve la capacidad de elegir.

    Con los años he aprendido que el tiempo obliga a priorizar, y priorizar obliga a renunciar. No se puede decir sí a todo. Cada elección descarta otra.

    Son los hábitos repetidos los que terminan definiéndonos.

    No es un partido de fútbol, ni una tarde sin ejercicio, ni un libro aplazado lo que marca la diferencia, sino la repetición constante de esas decisiones hasta convertirlas en rutina.

    Tampoco se trata de vivir en productividad permanente. El descanso y el disfrute son parte esencial de una vida plena. La diferencia es ser consciente, en decidir ver un partido y disfrutarlo sin culpa, en lugar de hacerlo mientras sentimos que no llegamos a lo importante.

    A veces me pregunto si aquel alumno siguió viendo el fútbol.

    La verdad es que nunca fue importante.

    Lo importante era que, a partir de aquel día, entendiera que el problema no era el fútbol. El problema era creer que podía decir sí a todo.

    Porque eso no es posible.

    El tiempo nos obliga a priorizar.

    Y priorizar siempre implica renunciar.

    La única decisión que realmente está en nuestras manos es elegir a qué merece la pena renunciar.

    Raúl Carmona Muñoz

  • 005 · El curso que no se vendió

    005 · El curso que no se vendió

    A veces el trabajo no da fruto donde esperabas, pero termina abriendo un camino mucho más grande.

    Hubo un fin de semana, quizá un puente, hace bastante más de diez años, en el que mi familia se fue de acampada y yo me quedé solo en casa grabando un curso.

    No había estudio, ni equipo profesional, ni nada que se pareciera demasiado a lo que hoy llamaríamos producción de contenidos. Había un portátil sencillo, un micrófono de cascos, una pantalla, muchas horas por delante y la ilusión de estar haciendo algo que podía abrir una puerta.

    Me habían propuesto preparar un curso de cálculo de instalaciones con CYPE para una academia online importante. Para mí aquello tenía algo de oportunidad y algo de reconocimiento. Alguien de fuera había visto valor en lo que yo podía enseñar y eso, en aquel momento, importaba.

    Así que probé.

    El acuerdo era sencillo en apariencia. Yo preparaba el contenido y ellos ponían la plataforma y se ocupaban de venderlo. Si el curso funcionaba, repartíamos los ingresos según lo acordado. Si no funcionaba, mi trabajo quedaba sin retorno económico.

    Y me puse a trabajar.

    Creo recordar que me pidieron un curso de unas veinticinco horas. A mí me salieron casi cincuenta. No fue una decisión calculada. Simplemente, cuando uno quiere explicar bien algo técnico, enseguida descubre que todo tiene matices. Una instalación no se entiende solo enseñando dónde se hace clic. Hay que explicar por qué se toma una decisión, qué implica, qué errores conviene evitar y cómo se conecta cada parte con el conjunto.

    Aquello era muy artesanal. Grababa la pantalla, hablaba por un micrófono sencillo y preparaba la documentación con los medios que tenía. No había iluminación cuidada, ni guion profesional, ni una edición pensada para retener audiencia. Había trabajo. Mucho trabajo. Y una voluntad bastante clara de que aquello fuera útil.

    Cuando terminé, tuve la sensación de haber hecho algo importante. No porque fuera perfecto, sino porque había puesto mucho de mí en ese curso. Había horas, experiencia, criterio técnico y una forma de explicar que empezaba a formar parte de mi manera de trabajar.

    Había mucha ilusión.

    Después pasó lo que tantas veces pasa.

    Nada.

    O casi nada.

    Pasaron los meses y el curso no se vendía. O, al menos, no se vendía como yo esperaba. Yo había preparado el contenido y cumplido mi parte, pero la plataforma no funcionó como yo esperaba. Durante un tiempo me molesté. Había dedicado muchas horas a algo que parecía haberse quedado parado en un escaparate por el que apenas pasaba nadie.

    Con los años he entendido mejor lo que ocurrió. El problema no era necesariamente el curso. Tampoco era que la gente no confiara en él. En realidad, quien había confiado demasiado en un modelo que no controlaba era yo. Había puesto el contenido, el tiempo y el conocimiento, pero había dejado en manos de un tercero la forma de llegar a las personas.

    Y ahí apareció una pregunta sencilla.

    ¿Qué hago ahora con todo esto?

    Tenía grabados muchos vídeos. Tenía horas de explicación técnica. Tenía un curso que no se estaba vendiendo. Podía dejarlo guardado, asumir la pérdida y seguir adelante. Habría sido razonable.

    Pero había otra opción.

    Yo ya tenía canal de YouTube desde 2010. En aquel momento no lo veía como un canal estratégico perfectamente definido. Era más bien un repositorio. Me gusta esa palabra. Un lugar donde ir dejando cosas. Un sitio en el que el trabajo no se quedaba encerrado en un cajón.

    Así que empecé a publicar allí los vídeos del curso, poco a poco, en abierto y gratis para quien quisiera verlos.

    No fue un gesto heroico. Tampoco fue una estrategia diseñada en una pizarra. Fue una mezcla de aprovechamiento, intuición y cierta generosidad. Había hecho un esfuerzo importante y no quería que se perdiera. Si no iba a venderse en aquella plataforma, al menos podía servirle a alguien.

    Y sirvió.

    Los vídeos empezaron a funcionar muy bien. Llegaron a profesionales que necesitaban resolver problemas concretos y comenzaron a dar visibilidad al trabajo que hacíamos. El canal dejó de ser solo un almacén de vídeos. Se convirtió en una forma de demostrar cómo trabajábamos, qué sabíamos y cómo éramos capaces de explicarlo.

    Después seguí avanzando por ese camino. Organicé seminarios online y los publiqué también en YouTube. Preparé cursos gratuitos de iniciación a CYPECAD y CYPECAD MEP y los ofrecí desde mi propia página. Llegaron a inscribirse alrededor de seis mil personas.

    Aquella cifra me hizo ver que sí existía interés. El contenido no era el problema. Había personas al otro lado. Lo decisivo era encontrar la forma de llegar hasta ellas sin depender por completo de que otro quisiera hacerlo.

    Más adelante organicé formación presencial por mi cuenta. Funcionó muy bien y me permitió adquirir experiencia.

    Mientras tanto, el canal seguía haciendo su trabajo. Nos daba presencia, generaba confianza y hacía que llegaran encargos profesionales. De hecho, llegó tanto trabajo, en buena medida gracias a esa visibilidad, que durante varios años dejé la formación en un segundo plano. Hubo también una etapa en la que el propio canal perdió intensidad.

    Pero lo sembrado seguía ahí.

    Con el tiempo recuperamos el canal con fuerza y volvimos a mirar la formación con otros ojos. Ya no partíamos únicamente de una intuición. Habíamos aprendido qué podía hacer un contenido técnico cuando encontraba a su público. También habíamos aprendido lo que ocurre cuando la parte esencial del camino depende de una plataforma ajena.

    De ese recorrido nace EASYCTE Academy.

    Por eso hoy la tienda y la relación con los alumnos las llevamos nosotros. No porque queramos controlarlo todo, sino porque hemos comprendido qué partes de nuestro propósito no conviene delegar por completo. Podemos apoyarnos en colaboradores, herramientas y plataformas, pero la conexión con las personas que confían en nuestra formación tiene que estar en nuestras manos.

    Aquel curso prácticamente no produjo el retorno directo que yo esperaba. De hecho, lo que iba a generar a través de aquella plataforma no llegó ni al uno por ciento de lo que terminó generando después, de manera indirecta.

    No todo ese retorno apareció en forma de venta de cursos. Llegó como visibilidad, reputación, relaciones profesionales, alumnos, encargos y oportunidades. Llegó como una audiencia que empezó a confiar en nosotros mucho antes de que existiera EASYCTE Academy.

    Uno siembra en un lugar y la cosecha aparece en otro.

    Eso desconcierta cuando uno intenta medirlo todo de forma inmediata.

    Hoy hablamos mucho de contenido, embudos, conversión, métricas y retorno. Todo eso importa. Pero hay algo anterior y más profundo: la confianza necesita tiempo. Muchas veces se construye antes de que exista una transacción y devuelve su valor por un camino que no habíamos previsto.

    Aquel curso no se vendió.

    Pero no fue un fracaso.

    Fue la primera versión de muchas cosas que llegaron después.

    No se trata de regalarlo todo ni de pensar que cualquier esfuerzo terminará dando fruto por arte de magia. Se trata de comprender que el retorno no siempre es directo, inmediato ni fácil de medir. Y también de saber cuándo ha llegado el momento de tomar las riendas de aquello que forma parte de tu propósito.

    Aquel fin de semana, encerrado en casa con un portátil sencillo y un micrófono de cascos, yo pensaba que estaba grabando un curso.

    En realidad, estaba sembrando.

    Muchos años después, una parte de aquella semilla se llama EASYCTE Academy.

    Raúl Carmona Muñoz

  • 004 · Lo más importante de las cosas menos importantes

    004 · Lo más importante de las cosas menos importantes

    Una reflexión sobre el fútbol, el trabajo y la distancia entre el resultado y el camino.

    No he sido nunca un futbolero ferviente. Tampoco he sido deportista.

    Durante mucho tiempo no vi en el deporte mucho más que una forma de entretenimiento. Pasados los años, sin embargo, he ido descubriendo en él una imagen concentrada de la vida.

    Este domingo juegan España y Argentina.

    Por un lado, una sensación de orden, paciencia y disciplina. Por otro, una energía más emocional, más intensa, más difícil de medir. Dos formas distintas de acercarse al triunfo, aunque casi nada grande se sostiene con una sola virtud.

    Hay algo curioso en las cosas que nos importan.

    Una obra, una entrega, una propuesta, una licitación, un proyecto. Durante unos días pueden ocuparlo todo. Nos levantamos con eso en la cabeza y nos acostamos dándole una última vuelta. Revisamos, corregimos, anticipamos. Imaginamos incluso conversaciones que quizá nunca ocurran.

    Para nosotros puede ser lo único.

    Para los demás no existe.

    Esa distancia no resta importancia a lo que hacemos. Le da su medida. Nos permite cuidar aquello que tenemos entre manos y convertirlo, durante un tiempo, en el centro de nuestra atención.

    En la arquitectura, en la ingeniería, en la empresa o en cualquier proyecto que nos importe de verdad, lo nuestro tiende a parecernos decisivo. Y, durante un rato, lo es. Para un cliente, para un equipo, para alguien que depende de ese trabajo. También para nosotros.

    El deporte nos muestra, con una claridad casi incómoda, que hacer las cosas bien no garantiza que el resultado acompañe. Puedes prepararte, esforzarte y perder. También puedes equivocarte en el peor momento y, aun así, ganar. Porque el resultado importa, pero no siempre explica el camino.

    Con los proyectos sucede algo parecido.

    El fracaso no invalida necesariamente lo bien hecho. El éxito tampoco confirma que todo se haya hecho bien. A veces la derrota nos hace dudar de un buen proceso; otras, la victoria nos convence de que comprendimos algo que quizá solo salió bien.

    Por eso importa cómo se pierde, pero también cómo se gana. Perder sin sentir que todo fue inútil. Ganar sin creernos invencibles. Tal vez ambas cosas exijan la misma madurez: mirar el resultado sin confundirlo con todo lo que somos.

    Este domingo, antes de conocer el resultado, lo más interesante es precisamente eso: todavía no sabemos nada.

    Gane quien gane, habrá que volver.

    Volver al lunes. Al trabajo. A los proyectos. A las entregas. A las conversaciones pendientes. A todo aquello que, sin serlo todo, también importa.

    Tal vez por eso el deporte se parece tanto a la vida. No porque pueda explicarla, sino porque durante un rato la concentra. Reduce el mundo a un espacio, un tiempo y unas reglas. Y, cuando termina, nos devuelve a él con la medida de las cosas ligeramente alterada.

    Lo más importante de las cosas menos importantes.

    Nota: la frase se atribuye unas veces a Arrigo Sacchi y otras a Jorge Valdano.

    Raúl Carmona Muñoz

  • 003 · Todas las empresas tienen un director comercial

    003 · Todas las empresas tienen un director comercial

    La frase que me hizo entender que crecer no es lo mismo que pensar en grande.

    Mi tío era una de esas personas a las que convenía escuchar despacio.

    No lo digo solo por cariño, aunque también. Lo digo porque había construido una empresa desde cero, la había hecho crecer hasta casi doscientas personas y, después, había sabido venderla. Venía del sector de la alimentación, de un mundo muy distinto al mío, pero quizá por eso veía algunas cosas con más claridad.

    Había sido de los primeros en apostar por los productos integrales en España, cuando aquello todavía no era una tendencia ni una etiqueta habitual en los supermercados. Eran los años ochenta. En aquel contexto, ver antes que otros por dónde podía venir una oportunidad no era una cuestión de seguir una moda. Era una mezcla de intuición, trabajo, riesgo y olfato empresarial.

    Yo siempre lo escuchaba con atención.

    No hacía falta que pronunciara grandes discursos. A veces bastaba una frase dicha casi de pasada para que se quedara dando vueltas durante años.

    Una de esas frases llegó en una conversación cualquiera, hace ya tiempo. Estábamos hablando de empresas, de trabajo, de crecimiento, de sueños. No recuerdo todos los detalles de aquella conversación, pero sí recuerdo perfectamente lo que me dijo:

    Raúl, todas las empresas tienen un Director Comercial.

    La frase era sencilla.

    Demasiado sencilla y obvia, quizá.

    Pero a mí se me quedó dentro.

    Porque en aquel momento nosotros éramos una pequeña oficina técnica. Cuatro personas. Arquitectura, estructuras, instalaciones, proyectos, memorias, planos, llamadas, visitas, entregas. Mucho trabajo y poca distancia para mirar la empresa desde fuera.

    Cuando uno está en una oficina pequeña, la palabra “director” suele sonar demasiado grande. Director comercial. Director financiero. Director de operaciones. Director de recursos humanos. Son cargos que parecen pertenecer a empresas de otro tamaño, con otros recursos, otras plantas, otros despachos y otro organigrama.

    Nosotros no estábamos ahí.

    O eso pensaba yo.

    Mi primera reacción fue casi defensiva. ¿Cómo íbamos a tener un director comercial? Bastante teníamos con sacar adelante los proyectos, atender a los clientes, resolver entregas y mantener la oficina funcionando. Aquella frase parecía hablar de una empresa que todavía no éramos.

    Pero con el tiempo entendí que precisamente ahí estaba la fuerza de la idea.

    Mi tío no me estaba hablando solo de una persona. Me estaba hablando de una función. Y, sobre todo, me estaba obligando a pensar con otra escala.

    Porque una cosa es crecer y otra muy distinta es dar un salto.

    Crecer, muchas veces, ocurre por acumulación. Entra más trabajo, se hacen más horas, se incorpora alguna herramienta, se contrata a alguien cuando ya no queda más remedio, se resuelve lo urgente y se sigue adelante. Es una forma de avanzar, pero suele estar muy pegada al día a día.

    Dar un salto es otra cosa.

    Dar un salto exige mirar la empresa como si ya fuera un poco más grande de lo que es. Exige preguntarse qué funciones deberían existir, aunque todavía no se puedan cubrir de la manera perfecta. Exige aceptar que, si una actividad es importante para el futuro, alguien tiene que pensar en ella antes de que el problema sea evidente.

    Aquella frase me hizo ver algo incómodo: quizá el problema no era que no pudiéramos permitirnos un director comercial. Quizá el problema era que todavía no pensábamos como una empresa que necesitara uno.

    Y eso era mucho más profundo.

    Porque si una empresa no piensa comercialmente, alguien lo está haciendo por ella. El mercado. La inercia. La casualidad. El cliente que llega recomendado. El antiguo contacto. La obra que entra porque siempre había entrado algo. Todo eso puede funcionar durante un tiempo, pero no construye una empresa con verdadera dirección.

    Durante años muchas oficinas técnicas han vivido así. Esperando a que el trabajo llegue. Confiando en la calidad del servicio, en la recomendación, en la buena relación con los clientes, en el prestigio del oficio o en la continuidad natural de los encargos. Y hay algo noble en esa forma de trabajar. Pero también hay un riesgo enorme.

    El buen trabajo no siempre encuentra solo su camino.

    A veces hay que ayudarle a llegar.

    Después de aquella conversación hablé con un amigo empresario. Le conté lo que me había dicho mi tío y también mi objeción inmediata: nosotros no podíamos permitirnos un director comercial. Me escuchó y me planteó una solución sencilla, casi obvia:

    ¿Por qué no hablas con alguna escuela de negocios o de marketing para que te envíen a alguien en prácticas?

    Aquello me cambió el problema.

    Ya no se trataba de contratar un director comercial. Se trataba de empezar a ocupar una función que nadie estaba ocupando. De buscar una primera versión posible de algo que, de golpe, se había vuelto necesario.

    Así llegamos a ESIC, una de las escuelas de marketing más importantes de España, ubicada además en Pozuelo de Alarcón, donde está nuestra sede de Madrid. Contactamos con ellos y nos enviaron a un estudiante en prácticas.

    Aquel estudiante terminó trabajando con nosotros durante cinco años.

    Hizo una labor estupenda, pero, visto con perspectiva, lo más importante no fue solo su trabajo. Lo importante fue que su llegada cambió nuestra manera de pensar.

    Porque, desde ese momento, la empresa empezó a tener una parte de sí misma mirando hacia fuera de forma más consciente. Ya no se trataba únicamente de producir proyectos, resolver cálculos o entregar documentación. Empezábamos a preguntarnos cómo llegaban los clientes, qué servicios ofrecíamos, cómo los explicábamos, qué oportunidades existían, qué seguimiento hacíamos, qué relaciones debíamos cuidar y qué mercado queríamos construir.

    La función comercial dejó de ser una idea abstracta.

    Empezó a tener rostro, tiempo, tareas y conversaciones.

    Y eso modifica una empresa.

    No de un día para otro. No de forma espectacular. Pero la modifica. Porque cuando una función entra en una organización, aunque entre de manera humilde, obliga a crear espacio mental para ella. Empiezas a hablar de cosas que antes no se hablaban. Empiezas a medir cosas que antes no se medían. Empiezas a mirar oportunidades que antes pasaban de largo.

    A veces una empresa cambia así: no por una gran inversión, sino porque acepta una pregunta que antes le parecía demasiado grande.

    ¿Quién está pensando comercialmente aquí?

    Esa pregunta, una vez formulada, ya no se puede borrar de la cabeza.

    Durante mucho tiempo asocié la labor comercial a vender. Y vender, en muchos entornos técnicos, sigue teniendo una connotación extraña. Como si fuera algo externo al oficio. Como si una buena empresa técnica pudiera permitirse no pensar demasiado en ello, porque el trabajo bien hecho acabaría imponiéndose.

    Ahora no lo veo así.

    La función comercial no es solo vender. Es entender el mercado. Es escuchar mejor. Es detectar necesidades. Es ordenar la oferta. Es cuidar relaciones. Es abrir conversaciones. Es construir confianza antes de que exista un encargo. Es asegurarse de que el valor que una empresa puede aportar no queda escondido dentro de la propia empresa.

    Y eso no es algo secundario.

    Es estructural.

    Y eso hace crecer a una empresa.

    Igual que alguien tiene que pensar en la técnica, alguien tiene que pensar en las personas. Igual que alguien tiene que pensar en los números, alguien tiene que pensar en los clientes. Igual que alguien tiene que pensar en la producción, alguien tiene que pensar en el futuro.

    No todas las empresas pueden tener desde el principio un director comercial.

    Pero todas las empresas necesitan una función comercial.

    Y quizá esa fue la verdadera lección de aquella frase.

    Mi tío no me estaba diciendo que contratara un cargo. Me estaba diciendo, sin decirlo del todo, que empezara a pensar como una empresa de verdad.

    Esa es la parte más fuerte del mensaje.

    Porque una oficina puede trabajar mucho y seguir siendo solo una oficina. Puede facturar, entregar proyectos, tener buenos profesionales y aun así no haber cruzado todavía cierto umbral mental. Ese umbral no depende solo del tamaño. Depende de la forma de pensar.

    Pensar en pequeño es creer que ciertas funciones no son para ti.

    Pensar en grande es preguntarte cómo puedes empezar a incorporarlas, aunque sea de una forma imperfecta, parcial, modesta o provisional.

    Aquel día no contratamos un director comercial.

    Pero empezamos a comportarnos como una empresa que entendía que necesitaba mirar al mercado de otra manera.

    Y a raíz de aquello, la empresa cambió.

    No porque de repente tuviéramos más recursos. No porque todo estuviera resuelto. No porque hubiéramos encontrado una fórmula mágica. Cambió porque una frase sencilla nos obligó a mirar desde otra escala.

    Todas las empresas tienen un director comercial.

    Durante años pensé que esa frase hablaba de una persona.

    Hoy creo que hablaba de una ambición.

    Raúl Carmona Muñoz