Aprendiendo de Marciano

Una reflexión cada domingo.

Sobre mí

Etiqueta: trabajo

  • 008 · Yo no quiero más proyectos

    008 · Yo no quiero más proyectos

    Trabajar más no siempre significa ganar más.

    Hace años, hablando con mi socio sobre el futuro de la empresa, me dijo:

    • Tenemos que conseguir más proyectos.

    Yo le respondí:

    • Yo no quiero más proyectos. Yo quiero ganar más dinero.

    Me miró con cierta extrañeza.

    • Para ganar más dinero tendremos que conseguir más proyectos.
    • Pues no.

    La conversación podía parecer absurda. Una empresa de arquitectura o ingeniería vive de sus proyectos. Si no hay encargos, no hay trabajo y, si no hay trabajo, tampoco hay ingresos. La conclusión parecía evidente: para ganar más dinero necesitábamos hacer más proyectos.

    Pero yo no estaba diciendo que no quisiera trabajar ni que pudiéramos prescindir de los encargos. Lo que cuestionaba era que la única manera de ganar más consistiera en trabajar más.

    En el mundo profesional es muy fácil perder esa perspectiva. Estamos acostumbrados a intercambiar conocimiento, responsabilidad y tiempo por unos honorarios. Terminamos un proyecto y comenzamos el siguiente. Si queremos aumentar los ingresos, buscamos otro encargo, ampliamos el equipo o alargamos la jornada.

    Nuestro razonamiento es bastante sencillo: más trabajo, más facturación y, por tanto, más dinero.

    Sin embargo, el dinero no siempre funciona así.

    Conozco personas que compran una parcela, la venden unos meses después y obtienen un beneficio importante. El trabajo directo que han realizado puede ser muy pequeño en comparación con el resultado. Han utilizado capital, información, oportunidad o riesgo. No significa que el beneficio haya sido fácil ni que no exista trabajo detrás. Significa que el dinero obtenido no depende únicamente de las horas empleadas.

    El mercado no paga solamente el esfuerzo. También paga la propiedad, la oportunidad, la capacidad de asumir riesgos, el conocimiento, los sistemas y la posibilidad de hacer que algo funcione sin que nuestra presencia sea necesaria en cada momento.

    Quienes vivimos de los proyectos tendemos a olvidar todo eso porque nuestra realidad cotidiana nos empuja en la dirección contraria.

    Un proyecto no ocupa solo las horas que dedicamos a dibujar, calcular, coordinar o reunirnos. También ocupa la cabeza. La implicación suele ser máxima. Hay decisiones que tomar, problemas que resolver, plazos que cumplir y una responsabilidad que nos acompaña incluso cuando no estamos delante del ordenador.

    Cuando termina uno, normalmente ya ha comenzado el siguiente.

    Y cuantos más proyectos tenemos, menos tiempo queda para levantar la cabeza y preguntarnos qué está ocurriendo realmente.

    Podemos estar trabajando muchísimo y no tener tiempo para pensar cómo funciona nuestro negocio, por qué ganamos lo que ganamos o si existe alguna manera de separar una parte de nuestros ingresos de nuestro esfuerzo directo. Los proyectos nos proporcionan trabajo, pero también pueden encerrarnos dentro de una forma concreta de entender el dinero.

    Pensar necesita tiempo. Y, sobre todo, necesita cierta distancia.

    Es difícil imaginar otra manera de hacer las cosas cuando toda nuestra energía está dedicada a cumplir con la manera actual. Si cada hora disponible pertenece a un proyecto, cualquier reflexión que no tenga un plazo inmediato parece secundaria. Precisamente por eso puede pasar años aplazada.

    No se trata de despreciar el trabajo. Prácticamente todo lo que he conseguido procede de trabajar mucho, asumir responsabilidades y hacer bien los proyectos. Tampoco se trata de pensar que cualquiera puede ganar dinero sin aportar nada. Se trata de comprender que esfuerzo y resultado económico no mantienen siempre una relación proporcional.

    Trabajar el doble no garantiza ganar el doble.

    En ocasiones, incluso puede alejarnos de ello, porque nos deja sin el tiempo necesario para encontrar una forma distinta de generar valor.

    Conseguir mejores proyectos sigue siendo importante. Cobrar adecuadamente, controlar los costes y elegir bien los encargos también. Pero todo eso continúa dentro del mismo modelo: realizar un proyecto a cambio de unos honorarios.

    Mi respuesta a mi socio pretendía cuestionar precisamente ese límite.

    Yo no quería dejar de trabajar.

    Quería dejar de pensar que, para ganar más, la única solución era trabajar más.

    Raúl Carmona Muñoz

  • 004 · Lo más importante de las cosas menos importantes

    004 · Lo más importante de las cosas menos importantes

    Una reflexión sobre el fútbol, el trabajo y la distancia entre el resultado y el camino.

    No he sido nunca un futbolero ferviente. Tampoco he sido deportista.

    Durante mucho tiempo no vi en el deporte mucho más que una forma de entretenimiento. Pasados los años, sin embargo, he ido descubriendo en él una imagen concentrada de la vida.

    Este domingo juegan España y Argentina.

    Por un lado, una sensación de orden, paciencia y disciplina. Por otro, una energía más emocional, más intensa, más difícil de medir. Dos formas distintas de acercarse al triunfo, aunque casi nada grande se sostiene con una sola virtud.

    Hay algo curioso en las cosas que nos importan.

    Una obra, una entrega, una propuesta, una licitación, un proyecto. Durante unos días pueden ocuparlo todo. Nos levantamos con eso en la cabeza y nos acostamos dándole una última vuelta. Revisamos, corregimos, anticipamos. Imaginamos incluso conversaciones que quizá nunca ocurran.

    Para nosotros puede ser lo único.

    Para los demás no existe.

    Esa distancia no resta importancia a lo que hacemos. Le da su medida. Nos permite cuidar aquello que tenemos entre manos y convertirlo, durante un tiempo, en el centro de nuestra atención.

    En la arquitectura, en la ingeniería, en la empresa o en cualquier proyecto que nos importe de verdad, lo nuestro tiende a parecernos decisivo. Y, durante un rato, lo es. Para un cliente, para un equipo, para alguien que depende de ese trabajo. También para nosotros.

    El deporte nos muestra, con una claridad casi incómoda, que hacer las cosas bien no garantiza que el resultado acompañe. Puedes prepararte, esforzarte y perder. También puedes equivocarte en el peor momento y, aun así, ganar. Porque el resultado importa, pero no siempre explica el camino.

    Con los proyectos sucede algo parecido.

    El fracaso no invalida necesariamente lo bien hecho. El éxito tampoco confirma que todo se haya hecho bien. A veces la derrota nos hace dudar de un buen proceso; otras, la victoria nos convence de que comprendimos algo que quizá solo salió bien.

    Por eso importa cómo se pierde, pero también cómo se gana. Perder sin sentir que todo fue inútil. Ganar sin creernos invencibles. Tal vez ambas cosas exijan la misma madurez: mirar el resultado sin confundirlo con todo lo que somos.

    Este domingo, antes de conocer el resultado, lo más interesante es precisamente eso: todavía no sabemos nada.

    Gane quien gane, habrá que volver.

    Volver al lunes. Al trabajo. A los proyectos. A las entregas. A las conversaciones pendientes. A todo aquello que, sin serlo todo, también importa.

    Tal vez por eso el deporte se parece tanto a la vida. No porque pueda explicarla, sino porque durante un rato la concentra. Reduce el mundo a un espacio, un tiempo y unas reglas. Y, cuando termina, nos devuelve a él con la medida de las cosas ligeramente alterada.

    Lo más importante de las cosas menos importantes.

    Nota: la frase se atribuye unas veces a Arrigo Sacchi y otras a Jorge Valdano.

    Raúl Carmona Muñoz