Aprendiendo de Marciano

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  • 007 · Pero para la gente sí

    007 · Pero para la gente sí

    Lo que crees que no tiene importancia puede que para los demás sí la tenga

    Hace años me surgió la oportunidad de ir a desarrollar un proyecto de 5.000 viviendas en Guinea Ecuatorial.

    Al principio no tenía un puesto especialmente relevante, pero, después del primer mes, me nombraron director adjunto del proyecto. Llegué a tener 500 personas a mi cargo.

    Hasta entonces utilizaba un Toyota Hilux, el típico pick-up. Era un coche divertido, práctico, resistente y más que suficiente para mí. Me desplazaba continuamente de un lugar a otro y no necesitaba nada más.

    Cuando me nombraron director adjunto, el director general me dijo que ya no podía seguir utilizando aquel coche.
    – Ese no es un coche para un director, me explicó. La empresa tendrá que comprarte un Land Cruiser.
    Yo le respondí que no hacía falta. El Hilux funcionaba perfectamente y comprar otro vehículo suponía un gasto adicional que me parecía innecesario. Me negué.

    – El coche no es importante para mí.
    Pero para la gente sí.

    Aquella frase se me quedó grabada.

    Yo valoraba el coche por su utilidad. El director general, sin embargo, lo veía como una representación de la posición que acababa de asumir.

    Finalmente, me tomó la palabra y no compró el Land Cruiser.

    Se daba entonces una circunstancia curiosa. Algunas personas que ocupaban una categoría inferior a la mía, que estaban bajo mi responsabilidad y que, en algún caso, cobraban la mitad que yo, utilizaban vehículos mejores que el mío, también asignados por la empresa.

    A mí no me preocupaba. Tenía muy clara mi función, sabía lo que estaba haciendo y no necesitaba un coche para sentirme seguro de mi posición.

    Tiempo después pasé a ser director del proyecto. Entonces heredé el Land Cruiser del anterior director, un estadounidense excepcional, amigo mío, con quien tuve una convivencia magnífica y del que aprendí muchísimo. Y he de reconocer que el coche estaba muy bien.

    Siempre me han gustado los coches. No era esa la cuestión. Lo que me incomodaba era que la empresa asumiera un gasto que yo consideraba innecesario solo para reforzar mi posición. En aquel momento, esa clase de señales me parecían más postureo que otra cosa.

    Pero el director general, un guineano muy inteligente, sabía algo que yo no comprendía.

    Yo estaba juzgando el coche desde mi propia perspectiva. Sin embargo, la mayoría de los que me rodeaban no podían entrar en mi cabeza. Interpretaban mi posición a partir de lo que veían.

    Con los años he aprendido que no basta con preguntarnos qué significan las cosas para nosotros. También debemos ponernos en el lugar del otro e intentar comprender qué pueden significar para él.

    Sigo pensando que un coche no convierte a nadie en mejor profesional y que la seguridad debe proceder de lo que uno sabe, de lo que hace y de cómo responde ante sus responsabilidades. Pero ya no descarto tan rápidamente esas señales externas como simple apariencia. De hecho, cada vez cuido más lo que quiero transmitir a través de ellas y tengo muy en cuenta el contexto.

    La apariencia también comunica. No lo es todo, pero tampoco es irrelevante.

    Yo miraba el Hilux y veía un coche que funcionaba perfectamente. El director general miraba el mismo vehículo y pensaba en lo que los demás podían interpretar al verme llegar en él.

    Para mí, el coche no era importante.

    Pero para la gente sí.

    Raúl Carmona Muñoz