Aprendiendo de Marciano

Una reflexión cada domingo.

Sobre mí

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  • 010 · ¿Qué quiero ser de mayor?

    010 · ¿Qué quiero ser de mayor?

    Si no decidimos qué queremos construir, el día a día terminará decidiendo por nosotros.

    Durante muchos años no paraba.

    Correos, llamadas, dudas, documentos que revisar, proyectos que desarrollar, visitas de obra… Una cosa se mezclaba con la siguiente y cada jornada acababa convirtiéndose en una sucesión intensa de asuntos que resolver.

    Al terminar el día estaba agotado. Había hecho muchas cosas, pero, a veces, tenía la extraña sensación de no haber hecho nada.

    Naturalmente, no era cierto. Había trabajado muchísimo y casi todo lo que había hecho era necesario. Los proyectos tenían que salir, los clientes necesitaban respuestas y los problemas no podían quedarse sin resolver.

    La sensación procedía de otro lugar.

    Yo trabajaba permanentemente en el día a día. Respondía a lo que iba apareciendo, pero no tenía un foco claro más allá de sacar el trabajo adelante. No me detenía a pensar hacia dónde quería ir porque toda mi atención estaba puesta en resolver lo que tenía delante. Tampoco era consciente de que me faltara algo, y lo que me faltaba era una pregunta.

    ¿Qué quiero ser de mayor?

    Si uno no sabe qué quiere construir, es muy difícil que pueda reservar tiempo para hacerlo. Puede trabajar muchísimo, resolver todos los problemas que van apareciendo y, aun así, dejar que el día a día decida su camino.

    A raíz de la crisis inmobiliaria nació EasyCTE y empezó a cambiar mi forma de entender la actividad profesional. Poco a poco, mi manera de pensar fue acercándose más a la de un empresario.

    Comprendí que no bastaba con hacer bien el trabajo. También había que decidir qué quería construir alrededor de él.

    Con los años he aprendido a distinguir dos tipos de tareas.

    Por un lado están las tareas operativas. Son las que mantienen la maquinaria en funcionamiento: atender a los clientes, revisar proyectos, coordinar al equipo, resolver problemas o cumplir los plazos.

    Son fundamentales.

    Muchas veces también son urgentes, porque afectan a otras personas y tienen consecuencias inmediatas. Ninguna actividad profesional puede sostenerse sin ellas. No son tareas menores ni una distracción que debamos evitar. Gracias a ellas, el presente funciona y se cimienta el futuro.

    Pero existe otro tipo de trabajo.

    Es el que nos permite pensar en la consolidación de nuestra actividad profesional, en la dirección que queremos darle y en aquello que deseamos construir para el futuro. Consiste en observar, reflexionar, tomar decisiones y dedicar tiempo a cuestiones cuyos resultados quizá no se vean hasta dentro de meses o años.

    Estas tareas rara vez llegan acompañadas de una urgencia. Nadie suele llamarnos para recordarnos que debemos pensar. Tampoco aparece un correo exigiéndonos que reservemos dos horas para preguntarnos hacia dónde vamos.

    Por eso es tan fácil aplazarlas.

    Las tareas operativas encuentran solas un lugar en la agenda. Las estratégicas necesitan que se lo reservemos.

    Un día intenté explicárselo a un cliente con el que ya tenía cierta amistad.

    —Mi problema es que me estoy comiendo un solomillo y no lo estoy disfrutando. Estoy pensando en el solomillo que me comeré la próxima vez.

    Él me respondió:

    —Claro. Es que así es la mente de un empresario.

    No sé si aquello era una virtud o un defecto. Probablemente tuviera algo de las dos cosas. Pensar siempre en el siguiente solomillo puede impedirnos disfrutar del que tenemos delante, pero también nos obliga a levantar la vista y preguntarnos qué vendrá después.

    Él hablaba de la mente de un empresario, pero esa tensión no pertenece solo a quienes dirigen una empresa. Cualquier profesional necesita atender el presente sin dejar de construir su futuro.

    En realidad, ni siquiera se limita al trabajo.

    La vida cotidiana también se llena sola de obligaciones, compromisos y asuntos que resolver. Todos son necesarios, pero pueden ocupar cada día sin dejarnos espacio para preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida. Si no reservamos ese espacio, el día a día termina respondiendo por nosotros.

    Necesitamos estar en el presente y en el futuro al mismo tiempo.

    Tenemos que resolver lo que ocurre hoy, pero también dedicar una parte de nuestro tiempo a aquello que necesitaremos mañana. El problema aparece cuando lo urgente ocupa todo el espacio y no deja tiempo para nada más.

    Ahora intento organizar mi agenda teniendo en cuenta esas dos dimensiones.

    Hay momentos para atender la parte operativa y otros que reservo para pensar, escribir, ordenar ideas o tomar decisiones. No siempre consigo mantener esa separación, porque el día a día tiene una capacidad extraordinaria para invadirlo todo. Pero, al menos, ahora soy consciente de ella.

    Muchas veces, el mejor momento para ese trabajo es cuando estoy solo en la oficina y no suena el teléfono.

    Como ahora.

    Es domingo por la mañana y estoy dando forma a esta reflexión.

    No estoy contestando un correo, resolviendo una incidencia ni revisando un proyecto. No hay ninguna urgencia inmediata y probablemente nadie note mañana el resultado de estas horas.

    Sin embargo, también estoy trabajando.

    Antes ni siquiera me preguntaba hacia dónde avanzaba. Ahora intento atender lo que mantiene en marcha el presente sin permitir que el presente decida por completo hacia dónde quiero ir.

    ¡Feliz domingo!

    Raúl Carmona Muñoz