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  • 005 · El curso que no se vendió

    005 · El curso que no se vendió

    A veces el trabajo no da fruto donde esperabas, pero termina abriendo un camino mucho más grande.

    Hubo un fin de semana, quizá un puente, hace bastante más de diez años, en el que mi familia se fue de acampada y yo me quedé solo en casa grabando un curso.

    No había estudio, ni equipo profesional, ni nada que se pareciera demasiado a lo que hoy llamaríamos producción de contenidos. Había un portátil sencillo, un micrófono de cascos, una pantalla, muchas horas por delante y la ilusión de estar haciendo algo que podía abrir una puerta.

    Me habían propuesto preparar un curso de cálculo de instalaciones con CYPE para una academia online importante. Para mí aquello tenía algo de oportunidad y algo de reconocimiento. Alguien de fuera había visto valor en lo que yo podía enseñar y eso, en aquel momento, importaba.

    Así que probé.

    El acuerdo era sencillo en apariencia. Yo preparaba el contenido y ellos ponían la plataforma y se ocupaban de venderlo. Si el curso funcionaba, repartíamos los ingresos según lo acordado. Si no funcionaba, mi trabajo quedaba sin retorno económico.

    Y me puse a trabajar.

    Creo recordar que me pidieron un curso de unas veinticinco horas. A mí me salieron casi cincuenta. No fue una decisión calculada. Simplemente, cuando uno quiere explicar bien algo técnico, enseguida descubre que todo tiene matices. Una instalación no se entiende solo enseñando dónde se hace clic. Hay que explicar por qué se toma una decisión, qué implica, qué errores conviene evitar y cómo se conecta cada parte con el conjunto.

    Aquello era muy artesanal. Grababa la pantalla, hablaba por un micrófono sencillo y preparaba la documentación con los medios que tenía. No había iluminación cuidada, ni guion profesional, ni una edición pensada para retener audiencia. Había trabajo. Mucho trabajo. Y una voluntad bastante clara de que aquello fuera útil.

    Cuando terminé, tuve la sensación de haber hecho algo importante. No porque fuera perfecto, sino porque había puesto mucho de mí en ese curso. Había horas, experiencia, criterio técnico y una forma de explicar que empezaba a formar parte de mi manera de trabajar.

    Había mucha ilusión.

    Después pasó lo que tantas veces pasa.

    Nada.

    O casi nada.

    Pasaron los meses y el curso no se vendía. O, al menos, no se vendía como yo esperaba. Yo había preparado el contenido y cumplido mi parte, pero la plataforma no funcionó como yo esperaba. Durante un tiempo me molesté. Había dedicado muchas horas a algo que parecía haberse quedado parado en un escaparate por el que apenas pasaba nadie.

    Con los años he entendido mejor lo que ocurrió. El problema no era necesariamente el curso. Tampoco era que la gente no confiara en él. En realidad, quien había confiado demasiado en un modelo que no controlaba era yo. Había puesto el contenido, el tiempo y el conocimiento, pero había dejado en manos de un tercero la forma de llegar a las personas.

    Y ahí apareció una pregunta sencilla.

    ¿Qué hago ahora con todo esto?

    Tenía grabados muchos vídeos. Tenía horas de explicación técnica. Tenía un curso que no se estaba vendiendo. Podía dejarlo guardado, asumir la pérdida y seguir adelante. Habría sido razonable.

    Pero había otra opción.

    Yo ya tenía canal de YouTube desde 2010. En aquel momento no lo veía como un canal estratégico perfectamente definido. Era más bien un repositorio. Me gusta esa palabra. Un lugar donde ir dejando cosas. Un sitio en el que el trabajo no se quedaba encerrado en un cajón.

    Así que empecé a publicar allí los vídeos del curso, poco a poco, en abierto y gratis para quien quisiera verlos.

    No fue un gesto heroico. Tampoco fue una estrategia diseñada en una pizarra. Fue una mezcla de aprovechamiento, intuición y cierta generosidad. Había hecho un esfuerzo importante y no quería que se perdiera. Si no iba a venderse en aquella plataforma, al menos podía servirle a alguien.

    Y sirvió.

    Los vídeos empezaron a funcionar muy bien. Llegaron a profesionales que necesitaban resolver problemas concretos y comenzaron a dar visibilidad al trabajo que hacíamos. El canal dejó de ser solo un almacén de vídeos. Se convirtió en una forma de demostrar cómo trabajábamos, qué sabíamos y cómo éramos capaces de explicarlo.

    Después seguí avanzando por ese camino. Organicé seminarios online y los publiqué también en YouTube. Preparé cursos gratuitos de iniciación a CYPECAD y CYPECAD MEP y los ofrecí desde mi propia página. Llegaron a inscribirse alrededor de seis mil personas.

    Aquella cifra me hizo ver que sí existía interés. El contenido no era el problema. Había personas al otro lado. Lo decisivo era encontrar la forma de llegar hasta ellas sin depender por completo de que otro quisiera hacerlo.

    Más adelante organicé formación presencial por mi cuenta. Funcionó muy bien y me permitió adquirir experiencia.

    Mientras tanto, el canal seguía haciendo su trabajo. Nos daba presencia, generaba confianza y hacía que llegaran encargos profesionales. De hecho, llegó tanto trabajo, en buena medida gracias a esa visibilidad, que durante varios años dejé la formación en un segundo plano. Hubo también una etapa en la que el propio canal perdió intensidad.

    Pero lo sembrado seguía ahí.

    Con el tiempo recuperamos el canal con fuerza y volvimos a mirar la formación con otros ojos. Ya no partíamos únicamente de una intuición. Habíamos aprendido qué podía hacer un contenido técnico cuando encontraba a su público. También habíamos aprendido lo que ocurre cuando la parte esencial del camino depende de una plataforma ajena.

    De ese recorrido nace EASYCTE Academy.

    Por eso hoy la tienda y la relación con los alumnos las llevamos nosotros. No porque queramos controlarlo todo, sino porque hemos comprendido qué partes de nuestro propósito no conviene delegar por completo. Podemos apoyarnos en colaboradores, herramientas y plataformas, pero la conexión con las personas que confían en nuestra formación tiene que estar en nuestras manos.

    Aquel curso prácticamente no produjo el retorno directo que yo esperaba. De hecho, lo que iba a generar a través de aquella plataforma no llegó ni al uno por ciento de lo que terminó generando después, de manera indirecta.

    No todo ese retorno apareció en forma de venta de cursos. Llegó como visibilidad, reputación, relaciones profesionales, alumnos, encargos y oportunidades. Llegó como una audiencia que empezó a confiar en nosotros mucho antes de que existiera EASYCTE Academy.

    Uno siembra en un lugar y la cosecha aparece en otro.

    Eso desconcierta cuando uno intenta medirlo todo de forma inmediata.

    Hoy hablamos mucho de contenido, embudos, conversión, métricas y retorno. Todo eso importa. Pero hay algo anterior y más profundo: la confianza necesita tiempo. Muchas veces se construye antes de que exista una transacción y devuelve su valor por un camino que no habíamos previsto.

    Aquel curso no se vendió.

    Pero no fue un fracaso.

    Fue la primera versión de muchas cosas que llegaron después.

    No se trata de regalarlo todo ni de pensar que cualquier esfuerzo terminará dando fruto por arte de magia. Se trata de comprender que el retorno no siempre es directo, inmediato ni fácil de medir. Y también de saber cuándo ha llegado el momento de tomar las riendas de aquello que forma parte de tu propósito.

    Aquel fin de semana, encerrado en casa con un portátil sencillo y un micrófono de cascos, yo pensaba que estaba grabando un curso.

    En realidad, estaba sembrando.

    Muchos años después, una parte de aquella semilla se llama EASYCTE Academy.

    Raúl Carmona Muñoz