Etiqueta: estrategia profesional

  • 003 · Todas las empresas tienen un director comercial

    003 · Todas las empresas tienen un director comercial

    La frase que me hizo entender que crecer no es lo mismo que pensar en grande.

    Mi tío era una de esas personas a las que convenía escuchar despacio.

    No lo digo solo por cariño, aunque también. Lo digo porque había construido una empresa desde cero, la había hecho crecer hasta casi doscientas personas y, después, había sabido venderla. Venía del sector de la alimentación, de un mundo muy distinto al mío, pero quizá por eso veía algunas cosas con más claridad.

    Había sido de los primeros en apostar por los productos integrales en España, cuando aquello todavía no era una tendencia ni una etiqueta habitual en los supermercados. Eran los años ochenta. En aquel contexto, ver antes que otros por dónde podía venir una oportunidad no era una cuestión de seguir una moda. Era una mezcla de intuición, trabajo, riesgo y olfato empresarial.

    Yo siempre lo escuchaba con atención.

    No hacía falta que pronunciara grandes discursos. A veces bastaba una frase dicha casi de pasada para que se quedara dando vueltas durante años.

    Una de esas frases llegó en una conversación cualquiera, hace ya tiempo. Estábamos hablando de empresas, de trabajo, de crecimiento, de sueños. No recuerdo todos los detalles de aquella conversación, pero sí recuerdo perfectamente lo que me dijo:

    Raúl, todas las empresas tienen un Director Comercial.

    La frase era sencilla.

    Demasiado sencilla y obvia, quizá.

    Pero a mí se me quedó dentro.

    Porque en aquel momento nosotros éramos una pequeña oficina técnica. Cuatro personas. Arquitectura, estructuras, instalaciones, proyectos, memorias, planos, llamadas, visitas, entregas. Mucho trabajo y poca distancia para mirar la empresa desde fuera.

    Cuando uno está en una oficina pequeña, la palabra “director” suele sonar demasiado grande. Director comercial. Director financiero. Director de operaciones. Director de recursos humanos. Son cargos que parecen pertenecer a empresas de otro tamaño, con otros recursos, otras plantas, otros despachos y otro organigrama.

    Nosotros no estábamos ahí.

    O eso pensaba yo.

    Mi primera reacción fue casi defensiva. ¿Cómo íbamos a tener un director comercial? Bastante teníamos con sacar adelante los proyectos, atender a los clientes, resolver entregas y mantener la oficina funcionando. Aquella frase parecía hablar de una empresa que todavía no éramos.

    Pero con el tiempo entendí que precisamente ahí estaba la fuerza de la idea.

    Mi tío no me estaba hablando solo de una persona. Me estaba hablando de una función. Y, sobre todo, me estaba obligando a pensar con otra escala.

    Porque una cosa es crecer y otra muy distinta es dar un salto.

    Crecer, muchas veces, ocurre por acumulación. Entra más trabajo, se hacen más horas, se incorpora alguna herramienta, se contrata a alguien cuando ya no queda más remedio, se resuelve lo urgente y se sigue adelante. Es una forma de avanzar, pero suele estar muy pegada al día a día.

    Dar un salto es otra cosa.

    Dar un salto exige mirar la empresa como si ya fuera un poco más grande de lo que es. Exige preguntarse qué funciones deberían existir, aunque todavía no se puedan cubrir de la manera perfecta. Exige aceptar que, si una actividad es importante para el futuro, alguien tiene que pensar en ella antes de que el problema sea evidente.

    Aquella frase me hizo ver algo incómodo: quizá el problema no era que no pudiéramos permitirnos un director comercial. Quizá el problema era que todavía no pensábamos como una empresa que necesitara uno.

    Y eso era mucho más profundo.

    Porque si una empresa no piensa comercialmente, alguien lo está haciendo por ella. El mercado. La inercia. La casualidad. El cliente que llega recomendado. El antiguo contacto. La obra que entra porque siempre había entrado algo. Todo eso puede funcionar durante un tiempo, pero no construye una empresa con verdadera dirección.

    Durante años muchas oficinas técnicas han vivido así. Esperando a que el trabajo llegue. Confiando en la calidad del servicio, en la recomendación, en la buena relación con los clientes, en el prestigio del oficio o en la continuidad natural de los encargos. Y hay algo noble en esa forma de trabajar. Pero también hay un riesgo enorme.

    El buen trabajo no siempre encuentra solo su camino.

    A veces hay que ayudarle a llegar.

    Después de aquella conversación hablé con un amigo empresario. Le conté lo que me había dicho mi tío y también mi objeción inmediata: nosotros no podíamos permitirnos un director comercial. Me escuchó y me planteó una solución sencilla, casi obvia:

    ¿Por qué no hablas con alguna escuela de negocios o de marketing para que te envíen a alguien en prácticas?

    Aquello me cambió el problema.

    Ya no se trataba de contratar un director comercial. Se trataba de empezar a ocupar una función que nadie estaba ocupando. De buscar una primera versión posible de algo que, de golpe, se había vuelto necesario.

    Así llegamos a ESIC, una de las escuelas de marketing más importantes de España, ubicada además en Pozuelo de Alarcón, donde está nuestra sede de Madrid. Contactamos con ellos y nos enviaron a un estudiante en prácticas.

    Aquel estudiante terminó trabajando con nosotros durante cinco años.

    Hizo una labor estupenda, pero, visto con perspectiva, lo más importante no fue solo su trabajo. Lo importante fue que su llegada cambió nuestra manera de pensar.

    Porque, desde ese momento, la empresa empezó a tener una parte de sí misma mirando hacia fuera de forma más consciente. Ya no se trataba únicamente de producir proyectos, resolver cálculos o entregar documentación. Empezábamos a preguntarnos cómo llegaban los clientes, qué servicios ofrecíamos, cómo los explicábamos, qué oportunidades existían, qué seguimiento hacíamos, qué relaciones debíamos cuidar y qué mercado queríamos construir.

    La función comercial dejó de ser una idea abstracta.

    Empezó a tener rostro, tiempo, tareas y conversaciones.

    Y eso modifica una empresa.

    No de un día para otro. No de forma espectacular. Pero la modifica. Porque cuando una función entra en una organización, aunque entre de manera humilde, obliga a crear espacio mental para ella. Empiezas a hablar de cosas que antes no se hablaban. Empiezas a medir cosas que antes no se medían. Empiezas a mirar oportunidades que antes pasaban de largo.

    A veces una empresa cambia así: no por una gran inversión, sino porque acepta una pregunta que antes le parecía demasiado grande.

    ¿Quién está pensando comercialmente aquí?

    Esa pregunta, una vez formulada, ya no se puede borrar de la cabeza.

    Durante mucho tiempo asocié la labor comercial a vender. Y vender, en muchos entornos técnicos, sigue teniendo una connotación extraña. Como si fuera algo externo al oficio. Como si una buena empresa técnica pudiera permitirse no pensar demasiado en ello, porque el trabajo bien hecho acabaría imponiéndose.

    Ahora no lo veo así.

    La función comercial no es solo vender. Es entender el mercado. Es escuchar mejor. Es detectar necesidades. Es ordenar la oferta. Es cuidar relaciones. Es abrir conversaciones. Es construir confianza antes de que exista un encargo. Es asegurarse de que el valor que una empresa puede aportar no queda escondido dentro de la propia empresa.

    Y eso no es algo secundario.

    Es estructural.

    Y eso hace crecer a una empresa.

    Igual que alguien tiene que pensar en la técnica, alguien tiene que pensar en las personas. Igual que alguien tiene que pensar en los números, alguien tiene que pensar en los clientes. Igual que alguien tiene que pensar en la producción, alguien tiene que pensar en el futuro.

    No todas las empresas pueden tener desde el principio un director comercial.

    Pero todas las empresas necesitan una función comercial.

    Y quizá esa fue la verdadera lección de aquella frase.

    Mi tío no me estaba diciendo que contratara un cargo. Me estaba diciendo, sin decirlo del todo, que empezara a pensar como una empresa de verdad.

    Esa es la parte más fuerte del mensaje.

    Porque una oficina puede trabajar mucho y seguir siendo solo una oficina. Puede facturar, entregar proyectos, tener buenos profesionales y aun así no haber cruzado todavía cierto umbral mental. Ese umbral no depende solo del tamaño. Depende de la forma de pensar.

    Pensar en pequeño es creer que ciertas funciones no son para ti.

    Pensar en grande es preguntarte cómo puedes empezar a incorporarlas, aunque sea de una forma imperfecta, parcial, modesta o provisional.

    Aquel día no contratamos un director comercial.

    Pero empezamos a comportarnos como una empresa que entendía que necesitaba mirar al mercado de otra manera.

    Y a raíz de aquello, la empresa cambió.

    No porque de repente tuviéramos más recursos. No porque todo estuviera resuelto. No porque hubiéramos encontrado una fórmula mágica. Cambió porque una frase sencilla nos obligó a mirar desde otra escala.

    Todas las empresas tienen un director comercial.

    Durante años pensé que esa frase hablaba de una persona.

    Hoy creo que hablaba de una ambición.

  • 002 · El mundo que no veía

    002 · El mundo que no veía

    Cómo descubrí que una carrera técnica no se transforma solo desde dentro del oficio.

    Durante muchos años creí que una profesión se construía hacia dentro. No lo habría explicado así entonces, porque en realidad no tenía conciencia de estar eligiendo una forma de mirar. Simplemente era el mundo que conocía. La carrera nos había enseñado a diseñar, proyectar, calcular, justificar, dibujar, medir, coordinar y resolver. Nos había enseñado, en definitiva, a tomarnos muy en serio el oficio y a trabajar duro.

    Me titulé como arquitecto en el año 2000, en la Universidad Politécnica de Madrid. Después trabajé un par de años en Broadway Malyan, un despacho británico que entonces tenía su oficina en la calle Hermosilla, en el barrio de Salamanca. Aprendí mucho allí, aunque quizá lo más importante no supe entenderlo en aquel momento. Una oficina profesional no vive solo de saber hacer bien las cosas. Eso, dicho así, puede parecer evidente. Para mí no lo era. Yo seguía pensando que el camino natural consistía en saber más, trabajar más, producir mejor y cometer menos errores. Todo lo demás pertenecía a una periferia que apenas miraba. En realidad, no es que no la mirase: es que no la veía.

    En 2002 trasladé mi ejercicio profesional a Toledo y, en enero de 2003, constituí allí, con dos amigos, ACRO Arquitectos SL. Éramos jóvenes, teníamos energía y trabajábamos muchísimo. Hacíamos proyectos pequeños, pero los desarrollábamos por completo dentro de la oficina. Planos, memorias, estructuras, instalaciones, detalles constructivos, mediciones, presupuestos, reuniones con clientes, visitas a ayuntamientos y visitas de obra. Todo pasaba por nuestras manos. Aquello tenía algo de aprendizaje acelerado y algo de supervivencia. Había que hacerlo todo y había que hacerlo bien.

    Poco a poco fuimos incorporando herramientas que mejoraban la calidad y la productividad del trabajo. Ya utilizábamos CYPECAD para el cálculo de estructuras, pero la llegada de CYPE Instalaciones, lo que hoy conocemos como CYPECAD MEP, supuso un salto importante. Nos permitió abordar internamente partes del trabajo que antes dependían más de terceros o que requerían otro nivel de esfuerzo. En aquel momento lo vivíamos como una evolución natural: más control, más capacidad técnica, más solvencia.

    Con los años he entendido un matiz que entonces se me escapaba. Mejorábamos porque teníamos mejores herramientas, no porque hubiéramos pensado de verdad la organización interna. Crecíamos desde lo técnico. La productividad aumentaba porque el software nos permitía hacer más y mejor, pero no porque hubiéramos rediseñado nuestro sistema de trabajo. En aquel momento no distinguía bien esas dos cosas. Hoy me parecen dos mundos distintos dentro del mismo universo.

    Durante un tiempo, funcionó.

    Trabajábamos mucho, sí. Había sacrificio, sí. Pero también había ilusión. Entraban encargos, siempre había algo que desarrollar y la oficina tenía vida. En los años de crecimiento inmobiliario, muchas cosas parecían más sólidas de lo que eran. Uno tiende a confundir el movimiento con la dirección, y el volumen de trabajo con la solidez de un modelo. Aunque, si soy sincero, ya entonces se intuía que algo de fondo no encajaba.

    Después llegó la crisis.

    En 2007 y 2008, la crisis inmobiliaria cambió por completo el paisaje profesional de quienes vivíamos alrededor de la arquitectura, la ingeniería y la construcción. No fue una simple bajada de trabajo. Fue una fractura. El suelo se abrió bajo una parte enorme del sector. Los encargos se redujeron, las promociones se detuvieron, muchas oficinas desaparecieron y una generación entera de técnicos descubrió que aquello que parecía estable podía dejar de serlo en muy poco tiempo. En los años siguientes, el desplome de los visados fue brutal, hasta niveles que pocos habrían imaginado durante los años de máximo crecimiento.

    Recuerdo aquella época con una mezcla de incertidumbre y desolación. No era solo una preocupación económica. Era la sensación de que el mapa en el que habíamos aprendido a movernos ya no servía. De repente, muchas certezas dejaron de serlo. Lo que antes parecía suficiente empezó a quedarse corto. Lo que antes funcionaba dejó de funcionar.

    Cuando el futuro se vuelve borroso, uno busca herramientas. Algunas veces las busca con método. Otras, simplemente, por instinto.

    En aquel contexto decidí estudiar un máster en dirección inmobiliaria. No recuerdo todos los contenidos, y quizá eso tampoco importe demasiado. Siempre he pensado que un curso, un máster o un libro quedan justificados si de ellos sacas una sola idea verdaderamente útil. Una idea buena puede amortizar años de formación. Puede cambiar la forma en que miras tu trabajo. Puede darte una palabra para nombrar algo que antes intuías, pero no sabías ordenar.

    En mi caso, aquella idea fue el marketing.

    Y ahí se abrió una puerta.

    Hasta entonces, el marketing no formaba parte de mi mundo. No es que tuviera un prejuicio perfectamente elaborado contra él. Era más sencillo que eso: no lo conocía. En las profesiones técnicas, sobre todo en carreras intensas como arquitectura o ingeniería, uno desarrolla una especie de respeto casi absoluto por el conocimiento técnico. Son años de esfuerzo, de diseño, de cálculo, de proyectos, de normativa, de entregas, de noches largas y de una exigencia continua. Es comprensible que, desde ahí, todo lo que suene a comunicación, venta, posicionamiento o estrategia comercial parezca una cosa menor.

    Con el tiempo entendí que no era una cosa menor.

    Aquel máster me hizo ver que el marketing era mucho más profundo de lo que yo pensaba. No era publicidad. No era hacer ruido. No era decorar un servicio. No era vender humo. Era una manera de entender el negocio completo. Era mirar al cliente, al mercado, a la necesidad real, a la propuesta de valor, a la forma en que un servicio se explica, se ordena, se entrega y se recuerda.

    Uno de los conceptos que más se me quedó fue el del momento de la verdad, popularizado por Jan Carlzon durante su etapa al frente de SAS: la idea de que una empresa se juega algo esencial cada vez que entra en contacto con un cliente. Puede ser una llamada, una reunión, un presupuesto, una web, una respuesta rápida o una respuesta que nunca llega. Puede ser la manera de explicar un servicio o la forma de acompañar a alguien cuando tiene un problema. Aquel concepto me pareció sencillo, pero me cambió la mirada.

    Hasta entonces yo pensaba que el valor estaba principalmente en el trabajo bien hecho. Después entendí que el valor también debía ser percibido, entendido y recordado. Si nadie comprende exactamente qué problema resuelves, por qué lo resuelves mejor o por qué merece la pena elegirte, una parte importante de tu oficio queda oculta.

    No se trataba de abandonar lo técnico. Al contrario. Se trataba de darle una voz.

    También aparecieron entonces herramientas y conceptos que para mí eran completamente nuevos: el análisis DAFO, el plan de negocio, el plan de marketing y otras palabras que no formaban parte de mi vocabulario profesional. No lo sabía todavía, pero todas ellas empezaban a enseñarme lo mismo: que una profesión también se puede mirar desde fuera.

    A veces una idea no nace mirando a tus competidores. A veces nace mirando donde, en teoría, no deberías mirar.

    EASYCTE nació de esa mezcla. No nació solo de la técnica, aunque sin técnica no habría existido. Nació de unir cosas que hasta entonces no estaban unidas en mi cabeza: el conocimiento normativo, la formación, la comunicación, el marketing, el plan de negocio y una necesidad real de muchos profesionales. Había técnicos que necesitaban resolver problemas concretos, entender mejor determinadas herramientas, aprender a aplicar la normativa y avanzar en su trabajo con más seguridad. La oportunidad no estaba solo en saber. Estaba en ordenar ese conocimiento y hacerlo útil para otros.

    Con el tiempo apareció también una idea que ha sido fundamental en mi forma de trabajar: sembrar. Trabajar durante mucho tiempo sin saber exactamente cuándo llegará el resultado. Compartir antes de pedir. Construir confianza antes de vender. Hacer hoy algo que quizá dará fruto dentro de años. También eso merece su propio capítulo.

    Hoy creo que las habilidades transversales no se limitan a complementar una carrera técnica. La transforman. A veces de manera visible y rápida. Otras, de una forma más lenta y silenciosa. Pero la transforman porque cambian el mapa desde el que tomas decisiones.

    Durante años pensé que una profesión se construía acumulando conocimiento dentro del propio oficio. Después entendí que una parte decisiva de una carrera se construye justo en sus bordes: en la comunicación, en la estrategia, en la dirección, en la escucha, en la venta, en la escritura, en la capacidad de entender al cliente y en la forma de explicar con claridad qué haces y por qué importa.

    No basta con saber hacer. También hay que saber mostrar el valor de lo que haces sin esconderlo, sin exagerarlo y sin traicionarlo. No se trata de prometer más. Se trata de conseguir que lo que vale no permanezca invisible.

    Durante años pensé que la arquitectura se construía con planos. Después entendí que una carrera también se construye con un plan y con palabras.

    No cualquier palabra. No cualquier relato. No cualquier promesa. Pero sí una forma clara de explicar quién eres profesionalmente, qué aportas y hacia dónde quieres ir.

    Quizá por eso recuerdo aquel máster con más cariño del que esperaba. No por todo lo que aprendí, sino por la grieta que abrió en mi manera de mirar. A veces una disciplina que no formaba parte de tu mundo termina enseñándote precisamente el mundo que te faltaba.

    A mí me pasó con el marketing.

    ¿Y si la herramienta que necesita tu carrera no está dentro de tu oficio, sino justo fuera de él?

  • 001 · El atasco que cambió mi carrera

    001 · El atasco que cambió mi carrera

    Hay atascos que te hacen perder una hora. Y hay atascos que, con el tiempo, entiendes que te cambiaron algo.

    Hace muchos años, una mañana cualquiera, iba en coche por el Paseo del Prado, en Madrid. El tráfico estaba parado. Miré hacia la izquierda y vi una obra que llamaba la atención: el CaixaForum Madrid.

    En el cartel aparecía el nombre de los arquitectos: Herzog & de Meuron. Como arquitecto, sabía perfectamente quiénes eran. Pero no fue eso lo que más me llamó la atención.

    Lo que me llamó la atención fue ver, debajo, el equipo que estaba desarrollando el proyecto de ejecución. Y recuerdo que pensé: “Yo quiero ser ese”.

    No Herzog & de Meuron. El otro. El que consigue que una idea compleja se pueda construir. El que baja el edificio a tierra. El que resuelve. El que hace posible que una buena arquitectura no se quede solo en una imagen.

    No pasó nada más. No tomé una decisión solemne. No hice un plan. No monté una empresa al día siguiente. Simplemente seguí conduciendo.

    Pero, visto con perspectiva, creo que aquel momento tuvo bastante más importancia de la que parecía. Años después nació EASYCTE. Y mucho más tarde, EASYCTE Academy.

    Muchas veces pensamos que las grandes decisiones profesionales llegan después de meses de análisis. A veces sí. Pero otras veces empiezan de una forma mucho más sencilla: un atasco, un cartel de obra, una conversación, un libro o una frase que escuchas en el momento adecuado.

    Y, de repente, algo encaja. No porque ya tengas todo claro, sino porque por primera vez intuyes hacia dónde quieres ir.

    Hoy, cuando hablo con arquitectos e ingenieros, veo que muchas dudas giran alrededor de lo mismo: qué especialización elegir, qué software aprender o dónde habrá más oportunidades. Son preguntas importantes. Pero creo que antes hay otra: ¿quién quiero ser profesionalmente dentro de diez años?

    Cuando esa pregunta empieza a tener respuesta, muchas decisiones se ordenan solas.

    Yo tuve ese pequeño flash una mañana cualquiera, parado en un atasco. Y todavía hoy me acuerdo de aquel cartel de obra.

    ¿Os ha pasado alguna vez algo parecido?